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Road Movie


—Esto definitivamente no es una road movie—me dijo.
—No, no lo es—le contesté.
Luego le tape la boca con tirroplomo y ella encendió la sierra eléctrica mientras él abría bien los ojos, incapaz de gritar siquiera.
A mí lo de torturar gente no es algo que disfrute realmente. Estoy seguro de que ella tampoco. Pero allí estábamos los dos, con ese tipo enfrente magullado a punta de golpes con un bate de béisbol, hidratándolo lo suficiente como para que no se nos fuera en mitad del asunto.
Casi sucede cuando le pusimos electricidad en los testículos. Pero afortunadamente aguantó.
Si tienes la paciencia suficiente para saber como ella y yo llegamos hasta acá quizás te lo explique. Por ahora vas a tener que conformarte con saber que, aunque parezca lo contrario, no es que estemos pasándola tan bien como pareciera.
A ella no es que le encante que su camiseta blanca esté manchada de sangre negruzca, no señor. Y los gritos, pues, a mí me dejan un poco sordo, si entiendes lo que quiero decir.
Sin embargo, con el tirroplomo, al menos uno de todos nuestros inconvenientes ha quedado solucionado hasta nuevo aviso.
El punto es que ella y yo estuvimos conversando durante un par de horas sobre la crueldad y llegamos a la conclusión de que cualquiera con el estímulo suficiente puede llegar a ser verdaderamente desalmado si se lo propone.
Así fue que de todos los sujetos que pudimos haber secuestrado para nuestro pequeño experimento acerca de los límites de la condición humana, nos pareció que él era el mejor para terminar lo que yo ya tenía bastante rato haciendo.
Supongo que no entiendes mucho, pero si supieras como comenzó todo lo comprenderías de inmediato.
Afortunadamente hace falta mucho para que entiendas cómo demonios ella y yo llegamos a estar aquí haciendo esto.
—Creo que pudiéramos cortarle los dedos del pie uno a uno para comenzar—me sugirió.
—¿Me estás preguntando?
—No, sólo lo estoy sugiriendo ¿se te ocurre algo mejor?
—Lo que pasa es que de hacer eso no habría vuelta atrás. Habría que cortarlo a pedacitos hasta el final.
–Vale.
Él nos vio con horror. Me agaché para quedar cerca de su rostro sudoroso. Además no quería alzar la voz. Me molesta alzar la voz.
—¿Tú que piensas?
Él trató de zafarse, pero debo decir que desde que todo esto comenzó he desarrollado una excelente capacidad para amordazar gente.
—¿Se te ocurre una idea mejor?—le pregunté.
Dejé de preguntarle cuando una lágrima bajo por su mejilla izquierda.
Ella me apartó y puso la sierra muy cerca de la cara de él.
—He estado pensando en todas las veces que pensé en hacer esto—me dijo— ¿Sabes? Durante algún tiempo, desde que todo esto empezó, tuve mis dudas respecto a si sería yo la que llegaría al final del juego. En lo que a mí respecta, pues, me iban a eliminar a las primeras de cambio. Supongo que por el hecho de ser mujer y porque las mujeres siempre son más débiles, al menos según lo que piensan algunos hombres. Pero no, estoy aquí, tengo una sierra en la mano, mi último contrincante está sentado en una silla, amarrado y amordazado, y estoy por cortarlo a pedacitos. Creo que gané después de todo ¿no?
No contesté. Y es obvio que te lo diga, pero él tampoco.
La sierra emitió un espeluznante chillido metálico.
—Lo que pasa con la gente es que nunca está lo suficientemente desesperada como para hacer lo opuesto a lo que se supone que tiene que hacer. Debías ser una chica dulce, al menos fue así como te imaginaron originalmente. Y mírate, vestida como una muñequita pero con una sierra eléctrica en la mano a punto de desmenuzar a un tipo—dije finalmente.
Todo este tiempo ha sido esto. Gente que un día se da cuenta de que puede hacer lo que le provoque sin que nadie le diga nada para evitarlo. Pero nunca, jamás, saben por qué se están rebelando, contra quién están luchando.
—¿Sabes en qué consiste el juego? ¿Sabes por qué estás haciendo lo que haces?—le pregunté.
Ella se quedó unos segundos estática. Sin decir palabra.
Suspiró.
No sabía qué decir.
De repente la puerta del zaguán en donde estábamos encerrados de abrió. Una luz enceguecedora dejaba ver no más que la silueta de un chico no muy alto, armado con una escopeta.
—Consiste en morir cuando tú quieres morir y cómo tú quieres morir.
Luego la cabeza de ella estalló como una patilla.
El chico se acercó al tipo amarrado y le quitó el tirroplomo de la boca.
Un grito histérico inundó el lugar.
—Creí que estabas muerto—dijo el tipo, todavía amarrado a la silla.
—Todavía no. Estoy de cumpleaños.
Entonces le metió el cañón de la pistola en la boca y disparó.
Silencio.
—Tengo un carro estacionado allá afuera y un montón de hijos de puta que vienen por mí. Tengo un juego por ganar y nada que perder. Te tengo a ti y no tengo a nadie. Tengo miles de sueños de los que no quiero despertar y un día que amenaza con hacerme abrir los ojos.
—¿Y qué quieres hacer?—pregunté.
—Quiero ir a la playa.
Definitivamente no era una road movie.
Pero se parecía bastante.

Esto va a sonar bastante ególatra (pero no creo que nos importe… ¿o si?): Tú escribes para mí.
“Tengo un juego por ganar y nada que perder. Te tengo a ti y no tengo a nadie. Tengo miles de sueños de los que no quiero despertar y un día que amenaza con hacerme abrir los ojos.”
Así es como me siento en este momento…Tengo ganas de salir corriendo (o tal vez flotando, hasta donde el viento me lleve), tengo ganas de matarlos a todos, tengo ganas de arrancarme las ganas y solo hacerlo…
Supongo que estoy atravesando por una de mis tantas crisis existenciales (Bullshit), estoy cuestionando mi propia existencia, pero con cobardía, colocando excusas para no dejar de existir.
Como dije; estoy teniendo una crisis, en la que tú como siempre llevas los platos rotos (es decir, me desahogo contigo). Gracias por pensar y sentir como yo (en algunas oportunidades)…ah y gracias por tu comentario, si supieras que me alegro mucho…
Y para mí existe la esperanza de que el día que nos haga despertar no llegue nunca, y si llega…en ese instante se acabara el mundo y yo estaré pensando en ti…:$

No sabemos que somos capaces de hacerlo, hasta que lo hacemos. Y no, no siempre es una road movie.

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